Tuesday, November 14, 2006

 

Multa..nte

Siempre salgo de clase de inglés repasando algunas palabras que he aprendido. Hoy, al llegar tarde, me he encontrado a la profesora haciendo unos gestos extraños con las manos mientras cantaba. La Navidad, definitivamente, está llamando a la puerta. Hoy, con la cara cubierta por la bufanda, salí de la universidad intentando recordar la canción. Cruce la calle, como siempre, por el lugar incorrecto. Al llegar a la otra acera, veo como un policía sale de detrás de una esquina. Me llama. Yo, como buen extranjero, me hago el Sueco. Cuanto más alto me llama, más sueco me vuelvo. Al final, él ganó. Me pare y, con el fin de mis pasos, olvidé el villancico. Me dijo que no se podía cruzar por allí, y que le diera la documentación. Ir a clase de lituano sirve, entre otras cosas, para entender sólo aquello que quieres entender. “Ne suprantu”, dije en perfecto lituano… y le comencé a hablar en inglés. Con el tiempo me he dado cuenta que, cuanto peor habla inglés la otra persona, mejor hablo yo. Será, supongo, que no me da tanta vergüenza. Yo, como veía que he iba a caer una multa, comencé a hablar sin parar. Hacía gestos hacía arriba y hacia abajo. Gestos que, claro, no significaban nada. En la oficina de relaciones internacionales me han aconsejado que no de nunca mi cocumentación a nadie… y mucho menos a un policía. Así que, con la lección aprendida, comencé a decirle la Biblia en verso. Al final, perdí mi villancico… pero gané la batalla. Mañana, miraré detrás de esa esquina antes de cruzar la acera… por el lugar de siempre.

 

Mochila con comida

Es difícil, casi imposible, resumir en un solo párrafo todo lo que ha pasado durante estos cuatro días de ausencia. Vamos a intentarlo. Por favor, encienda su cámara de fotos y tome aire. El Barcelona, de baloncesto, jugó contra el equipo local. Allí estuvimos. Perdió. Cena en el restaurante lituano. Patatas con patatas. Se hacen, sin quererlo, las dos de la mañana. El autobús a Helsinki sale a las cuatro. Sentado en la cama, después de hacer la mochila, intento no quedarme dormido. Los españoles tenemos la fama, ganada, de llegar siempre un cuarto de hora después del último aviso. El autobús llega a la aduana. Un policía con gorro ruso nos mira con mirada rusa. Pasamos la frontera. Estamos en Letonia. Llegamos, previo descanso para hacer necesidades, a la siguiente frontera. Un policía ruso, como si la historia se repitiese de forma idéntica, nos vuelve a mirar de arriba abajo. Pasamos. Estamos en Estonia. Visitamos Tallín. Acogedora, encantadora… y congelada. Los suelos están llenos de escarcha y, entre nosotros, jugamos al patinaje de una esquina a otra de la calle. Por la noche, al barco. Dormí en un camarote con David, el riojano. Un cachondo, para que andarnos con rodeos. Sí, le huelen los pies un poco, es verdad. Es bueno que el único problema sea ese. Helsinki no es Estocolmo. Helsinki es… Helsinki, la capital de Finlandia. A falta de centro histórico y de calles impresionantes, presumen de tener las oficinas de Nokia. El high-tech, que le llaman. Dolor de pies de tanto andar por la ciudad. Me quedé con ganas de comprarme un libro pero, revisando mi cartera, no encontraba más billetes de los que tenía. Vuelta al barco. Vuelta a Tallín. Ella y yo decidimos quedarnos un día más en la ciudad para disfrutarlas. Pagamos catorce euros y, como me parecía caro, decidí tomar prestada una taza de café. Ahora está en la estantería de mi cuarto, junto con su hermano el plato de postre. Al lado, un cuchillo y una cuchara con el escudo del barco. No lo puedo evitar. Lo siento. Ayer por la noche, vuelta infernal a casa. Doce horas de autobús entre rusos, polacos, letones… y una chica de Finlandia que era observada hasta por el conductor. Eso la pasa, pensé yo, por ser turista. Inocente de mí.

Wednesday, November 08, 2006

 

Tenemos un problema

Hemos perdido la conexión… ayer. Internet no funcionaba. Los sudores comenzaron a caer por mi frente al imaginar la cantidad de virus que podría tener mi ordenador. Como soy un teleco renegado, me imagino que los virus deben ser como gusanos diminutos que se van comiendo los unos y los ceros de la memoria. Mi mente comenzaba a imaginarse mi portátil lleno de asquerosos gusanos cuando, como caído del cielo, llegó Esteban. Tampoco tenía Internet. Dicen que el mal de muchos es consuelo de tontos. Yo debo ser estúpido perdido, porque me alegré hasta el infinito…. y más allá. Con la fuerza que da no tener ningún tipo de información, nos acercamos hasta la habitación del chaval que controla el servidor. La primera vez que entré en ese cuarto, y dos meses han pasado, aquello era peor que un estercolero. Sólo recuerdo un profundo olor a sobaco y un montón de sopas de sobre dentro de una zapatilla. ¡Madre mía, cómo estaba esa zapatilla!
Nos han quitado Internet por no pagar. Lógico, la verdad. Son veinte litas por la conexión y otras cuarenta litas para evitar la desconexión. Yo olvidé la segunda parte del contrato. Esta mañana, directo al banco sin desayunar. Llegué tarde a clase de inglés porque en el banco, al que algún día tendré que dedicar unas líneas, tu número pasa justo cuando estás pestañeando. Parece que nunca va a llegar y, de repente, se va sin avisar. Creo que, con este Erasmus, está pasando algo similar.

Monday, November 06, 2006

 

Estocolmo (II)

Más de treinta islas componen la ciudad. Los puentes se entrecruzan entre sí para enlazar una orilla con la otra. Mirando por una barandilla, ves como el metro pasa por encima de los vehículos y por debajo de un puente de peatones. El juego de calles hace que Estocolmo sea, aun más, una ciudad especial. En la isla central se encuentra la zona vieja. Se llega a ella cruzando el Parlamento y dejando a un lado el Palacio Real. Calles de piedra, bicis aparcadas en cada esquina y, seguramente, los escaparates más sencillos y elegantes que jamás he visto en mi vida. “La sociedad del bienestar”, piensa uno cuando ve cómo funciona perfectamente el engranaje de su sociedad. Todo parece estar colocado en el lugar oportuno y, claro, en el momento oportuno. La gente es tan amable que, al final, uno llega a desconfiar. “Pase un buen fin de semana”, decía la nota escrita a mano que el camarero nos dio al abandonar el restaurante. Lo pasamos, claro que lo pasamos.

 

Esto... colmo

Gira a la izquierda, cruzas la calle, todo recto. ¡Está allí! Ese es el portal de nuestro hostel. Llegamos a la puerta y leemos un cartel: “Si llega después de las siete, llame al siguiente número de teléfono para obtener el código de seguridad de su habitación”. Y, cómo no podía ser de otra forma, las siete habían pasado. Nos acercamos a la parada de metro, donde nos han dicho que hay una cabina. La hay. Llamamos al número y, el número, como era de esperar, es un contestador automático… en sueco. Algo de pánico, en ese momento, se siente. Miedo a dormir en la calle. Miedo a que no te entiendan. Miedo a que, los tres días planeados en Estocolmo, no salgan bien. “No pasa nasa”, piensa uno. Con las maletas, recorriendo el camino hacia el hostal, pasamos por un bar. De perdidos, al río. Está oscuro. Dos señoras, en la barra, miran atentamente su copa. Cerca de la ventana, un hombre mira al infinito. Intentamos explicar lo que nos pasa. Nos escuchan y, al comentar la extrema amabilidad de los suecos, una de las mujeres de la barra me escucha mi castellano. “Yo hablo españolo”, dijo ella. Seguro de vida, pensé yo en eso momento. Me contó que le gusta el castellano, que lo más difícil es el subjuntivo y el objeto directo. Su inglés, como el de todos los suecos, se entiendo perfectamente. No recuerdo el tiempo que estuvimos hablando. Realmente, tampoco recuerdo muy bien la conversación. Yo, a esas alturas del día, sólo quería dejar la mochila en mi habitación. El hombre de la ventana sacó su móvil, llamó a un número de teléfono, y nos dio la contraseña. Milagro. Cuatro dígitos que significaban, en ese momento, una ducha de agua caliente y unas sábanas. Nos despedimos del bar. La mujer nos dice que ella se va a ir pronto también, porque está algo bebida. Parece ser que, en este país, hasta el caos está organizado.

Thursday, November 02, 2006

 

A través de la ventana

El profesor explicaba la relación entre los distintos países de este rincón del mundo. En general, algo tensas. La semana que viene, en Vilna, hay un congreso en el que se reunirán los miembros de la oposición bielorrusa, para seguir hablando sobre la democratización de la última dictadura que, teóricamente, queda en Europa.
Es una clase, casi particular, sólo para alumnos Erasmus. Dentro de su despacho, y por la ventana, vemos como empiezan a caer los primeros copos de nieve. La atención se desvía, desde la cara del profesor, hasta donde alcanza la vista a través de la ventana. Julia, alemana de poca cepa, sonríe. Marta, polaca de ojos increíbles, sonríe también. Fernando se revuelve en la silla. El profesor habla como si nada pasara. Y es que, en realidad, nada pasa. Las calles ya están preparadas. La fuente ya ha sido vaciada y los contenedores de arena ya están repartidos por las aceras. Si aquí estamos como estamos, no quiero ni pensar la temperatura que hará en Estocolmo. Llegaré allí mañana a las tres de la tarde. El dormitorio, y el blog, tendrán que esperar.

Monday, October 30, 2006

 

Frenazo

Alguien debería construir una estatua a la persona que decidió crear el concepto de cambio horario. Así, los demás podríamos acudir a ella y ponerle verde. Tengo un cabreo tremendo porque, desde el domingo, anochece a las cinco de la tarde. Y, algo peor, amanece pasadas las seis. Eso significa que, desde esa hora, la luz llega hasta mi cuarto… y hasta mi cama. Las empresas de persianas, en este país, no tienen nada que hacer. Además, el frío ha venido para quedarse. Esta mañana me he puesto mi abrigo naranja, la bufanda, los guantes y el gorro. Con todo ello encima, y con las posibilidades de movilidad bastante reducidas, he pensado “¿qué me queda en el armario para diciembre?”. La respuesta, nada.
Y, claro, entre la madrugadora noche y la necesidad de desplazarse como si fueras el muñeco Michelín, es inevitable que el ritmo de vida cambie. El ritmo diario, de repente, se ha estrellado contra la pared. Inevitablemente, se frena. Y, en ese punto, estoy yo. Mirando la ciudad a oscuras, con una taza de bendita sopa caliente de sobre. Amén.

Sunday, October 29, 2006

 

El encasillado

Al contarle al profesor de español que intenté, sin demasiado triunfo, hacer un pastel de chocolate, él me ha respondido que no debo contarle la historia a los lituanos. Dice que, en este país, cuando un hombre cocina se le considera… como decirlo suavemente… un poco amanerado. En realidad, él me dijo que era “de hombres poco machistas”, pero le entendí perfectamente. Lo mismo piensan los lituanos de un varón cuando no toma cerveza, o cuando es sin alcohol, cuando pide un pastel en un restaurante, cuando va solo con mujeres por la calle… Nos hizo una lista de actos tan larga, que me es imposible reproducirla entera. David, Pedro, Esteban, Marga, Borja y yo nos reíamos porque, normalmente, hacemos casi todo lo que en la lista está escrito. Cuando se habla del rol de la mujer, pasa algo similar. El comportamiento en público, la forma de vestir, los gestos que uno hace delante de los demás, la intensa tradición alcohólica de los países del Este. En nuestra vida cotidiana, rodeados de Erasmus y de gente joven, no percibimos la verdadera mentalidad de este país. Nos reímos cuando escuchamos ciertos comentarios pero, desgraciadamente, no pensamos en mucha gente que, en sus casas, sufre una discriminación basada, simplemente, en mentes rectangulares. Dicen, los que conocen como funciona esta sociedad, que las cosas están cambiando. Dicen, que las mujeres son la mayoría en la universidad. Dicen, que la mentalidad lituana es cada vez más abierta. Dicen…

Saturday, October 28, 2006

 

Cumpleaños feeeliz

Aunque no lo podamos comer, dice Ana, una eslovena, podemos poner las velas y cantar el cumpleaños a Vanja, otra eslovena. Las dos forman una pareja casi inseparable. Hablan en estéreo y se ríen de las mismas cosas. Ayer por la noche fue el cumpleaños de la segunda y preparo comida tradicional de su país y, gracias a un milagro de correos, castañas asadas venidas desde su casa. Yo decidí preparar un pastel de chocolate. No era muy difícil porque, aunque no lo conté en público, sólo tenía que mezclar unos polvos mágicos con agua, poner mantequilla, y meterlo al horno. Al ver el resultado, es evidente que algo no hice bien. El pastel, en lugar de crecer hacia arriba, se hundía por el centro a medida que pasaba el tiempo dentro del horno. Niyuki le animaba mientras las gemelas belgas se mondaban de la risa. Al final, soplamos las velas y tiramos el pastel. Esta mañana me he levantado y he limpiado el molde. Otra vez será.

Friday, October 27, 2006

 

Estilo lituano

Redondo como un balón. Bueno, con una pequeña cresta. El martes pasado decidí que las patillas no podían seguir creciendo a su antojo. Al contarle a Rasa, la polaca más lituana, el problema que tenía con mis patillas, decidimos ir a la peluquería para cortar el problema de raíz. Ayer, durante una cena italiana, preparada por Ella, le enseñe mis patillas a Miyuki. Bueno, en realidad, no era necesario enseñarlas porque eran tan grandes que se presentaban ellas mismas. Miyuki, tras un gesto de sorpresa (muy típico en el lenguaje nipón) decidió apuntarse a la excursión. La cita era esta mañana, a las once, en la farmacia que hace esquina, cerca del hospital. Rasa, que habla perfecto lituano, ha servido de traductora. He estado explicando, durante algo más de diez minutos, cómo quería el corte de pelo. La peluquera, asintiendo con la cabeza, parecía entender todos los mensajes. ¿Todos? Algo tuvo que fallar en el canal de comunicación porque, al final, hizo lo que quiso.
Como Miyuki tardó más que yo, estuve viendo como la peluquera cortaba el pelo a otro chico. Idéntico. Esta mujer, por lo que vi, corta las cabezas en serie. Estilo lituano, y punto. Ahora, tengo el pelo más corto que nunca en mi vida. Mi madre me diría, en esta situación, que la parte positiva es que se regenera el pelo. Por favor, que se regenere pronto.

Wednesday, October 25, 2006

 

La lista de la compra

Vengo del supermercado con la compra del día. Saco los tomates de la mochila, abro el frigorífico y… ¡Mierda! ¡He vuelto a comprar lo mismo! Tengo tantos tomates que podría montar un puesto en el pasillo. Yo no sé qué me pasa. No lo entiendo. Bueno, sí, sí que lo entiendo. Cuando uno coge una costumbre, acaba repitiendo lo mismo casi sin darme cuenta. Yo, cada vez que salgo de clase, me paso por el mercado y acabo comprando lo mismo. Leche, zumo, algo de lechuga, tres plátanos y… tomates. Debe ser que el resto lo consumo al ritmo adecuado pero, con los tomates, tengo un problema. Está noche voy a prepararme una ensalada de tomate con tomate y, creo, que pondré algo de tomate también. La próxima vez, pienso siempre, voy a preparar una lista con las cosas que debo comprar. Apuntaré, para que no se me olvide, comprar tomates.

Tuesday, October 24, 2006

 

La vida es bella

Marco, un amigo de Sandro, casi me mata cuando me vio poner salsa a la pizza. Yo, hasta ahora, nunca había pensado que la pizza llevara salsa. Pero, si en Lituania ponen salsa, yo me pongo la salsa. Eso, a los italianos, les parece casi un insulto. Estábamos cenando en un restaurante de la calle principal de Kaunas. Ella, Paolo, Marco y Paolo formaban el grupo italiano. Mientras esperaba a que llegaran el resto de los platos, no puede resistir la tentación de analizarles un poco. Los italianos son tan italianos que hasta ellos mismos se sorprenderían si no fueran ellos mismos. Son gente muy maja y, además, la cercanía del idioma y del sentido del humor, facilita mucho la comunicación. Pero, con lo que cuentan de su país, llego a pensar que Italia ha llegado a ser la séptima potencia mundial pero… sin quererlo demasiado. Son, porque están. Y punto.
Dígame, por cuatro litas la respuesta acertada, nombres de países donde no sea un escándalo que el Primer Ministro se dé de baja laboral para hacerse un injerto de pelo. Democráticos, claro.

Sunday, October 22, 2006

 

Yo conmigo mismo

Ayer, domingo, hizo un día genial. El sol se decidió a salir y la temperatura supero, por primera vez en muchos días, los quince grados. El otoño ya ha llegado y las hojas ya están amarillentas. Desde mi ventana, y entre los edificios de Kaunas, comienzo a ver como los árboles pierden las hojas. Las gemelas belgas han llegado hoy a casa con un montón de hojas de muchos colores. Las van a poner dentro de libros para que queden secas y planchadas.
El profesor de español me ha contado que ahora comienza la época más melancólica. Dice, y me lo confirman sus alumnos, que lo peor del frío es tener que pasar tanto tiempo en casa. Hay que estar preparado mentalmente, acaban diciéndome. Para mí, estar en casa, tampoco me supone un problema… y más teniendo en cuenta que en mi casa viven más de cuarenta personas de toda Europa. Gente con la que, cuando me aburro, mato el tiempo. En los países del norte de Europa, las estadísticas de suicidios se disparan en estas épocas. Comentándolo con algún lituano, en imperfecto inglés, me ha dicho que es porque, con el frío, la gente se queda encerrada en casa y se encuentra más sola. Curioso análisis.

Saturday, October 21, 2006

 

Libertad, libertad, libertad

Esta mañana he vuelto a la clase de español. He llegado, como casi siempre, tarde. El profesor no me esperaba porque, en realidad, nunca confirmé mi asistencia. Antes de entrar en clase me quité el gorro, que me ha costado cinco litas en el supermercado, y la bufanda, que ha sido un regalo que ha venido desde Madrid. Al abrir la puerta, el profesor me saludo con un “buenos días, caballero. No le esperábamos”. No supe muy bien que responder porque, cómo me pasa en otras ocasiones, las formas correctas de actuar no son las mismas que en España. Pensé, por un instante, que le habría interrumpido la clase. Pero no. Lejos de molestarse, cerró su libro y, como son pocos estudiantes, colocó unas sillas en círculo. Los alumnos se reían mientras el maestro me decía que estaba despeinado. Y, la verdad, razón tenía el hombre. Cómo yo no había preparado nada, comenzaron a hacerme preguntas que, una tras otra, fui capeando como pude. Hasta que, sin avisar del ataque, el profesor me preguntó sobre la Guerra Civil Española. Comencé, entonces, a encogerme dentro de la silla. El profesor habló de las Brigadas Internacionales, de fechas y de celebraciones, de figuras destacadas que yo, para que esconderlo, no había escuchado nunca. Al final de la clase le confesé que, de ese tema, mi conocimiento es bastante limitado. Bueno, más que limitado, nulo. El profesor, con su mirada perdida detrás de los gruesos cristales de sus gafas, me dijo que él es un experto en ese tema porque, durante la época soviética, sólo llegaban noticias de España relacionas con la Guerra Civil y que, incluso, se celebraba el 18 de julio una fiesta en memoria de la República Española. Sabe el número de fallecidos, los gritos de guerra de los bandos, las fechas y las batallas más importantes y, por supuesto, el final. Comenta que, en su colegio, usaban el grito de “No pasarán” como símbolo de firmeza. Explica, en perfecto lituano, que esa frase era usada por el bando Republicano para defender Madrid del levantamiento. “No pasarán”, dice una vez más. Pero pasaron, vaya que si pasaron.

Friday, October 20, 2006

 

Las ranas bailan

Clase de japonés a las cinco de la tarde. Llegué algo tarde y, cuando abrí la puerta del aula, Miyuki me saludó mientras repasaba el tema de la primera lección. Cuando acabó, se acercó a mí y me dio una tarjeta con mi nombre escrito en castellano y en japonés. Me la puse en la solapa y saqué una hoja. Levanté la cabeza para ver quién había en clase. Dos eslovenas y dos polacas de la residencia, una trabajadora del teatro de la ciudad, un montón de gente que no conocía y una alumna que, como luego confirmé, era española. Marga es de Salamanca y el año pasado estuvo en nuestra ciudad de Erasmus. Este año, está aquí dando clases de castellano en la universidad tecnológica de la ciudad.
El japonés tiene dos alfabetos; uno para los japoneses y otro, mucho más sencillo, para los que quieren aprender el idioma. Estuvimos repitiendo los fonemas y, de una forma bastante torpe, comenzamos a presentarnos. Miyuki nos había preparado unos apuntes con las frases escritas en japonés (con su sonido), inglés y en perfecto lituano lituano. Ella lo hace de forma voluntaria porque quiere aprender a hablar en público. En privado, me dice que se pone nerviosa, pero no se le nota nada. Al final, nos entregó una canción japonesa que cuenta cómo es el sonido que hacen las ranas. Y, no, no hacen “crua, crua”. Hacen “gura, gura”.

Tuesday, October 17, 2006

 

No te quiero, Jose Alfredo!

Son las tres de la tarde y, en el tercer canal lituano, están poniendo The Simpsons. De fondo escucho las voces originales de los personajes y, sobre ella, un traductor explica lo que cada uno de ellos dice. Es decir, una misma persona interpreta a todos los personajes y, sólo con los principales, modifica la entonación para adaptarse a los distintos tipos de voces. Entre el perfecto lituano del traductor y la versión inglesa, que se escucha de fondo, consigo entender el contexto del capítulo.
Los Simpsons terminan y, tras un anuncio, comienza… ¡una telenovela venezolana! Madre mía, qué locura. Esto, si lo ve mi profesor de Comunicación Intercultural, permitiría escribir un libro entero. “Pasión de Gavilanes”, en lituano, despierta el mismo interés en todos los países. Es, lo que se llama, globalización cultural. Esta vez, hay dos traductores; un chico para las voces masculinas y una voz femenina, claro, para las mujeres. Es difícil de explicar cómo suena, a la vez, la música de culebrón con las voces latinoamicanas y, sobre ello, la traducción al lituano. Mientras una señora mayor explica su enfado al ama de llaves, voy cerrando la mochila. Tengo clase. No me da tiempo a ver el final del capítulo pero, tampoco me importa. No sé si lo veré otro día pero, si lo hago, seguro que la trama sigue igual que hace una semana. Por algo se llaman culebrones.

Monday, October 16, 2006

 

Cuestión de acostumbrarse

Estoy algo sorprendido de la ausencia de sorpresa. Mis padres han celebrado la fiesta nacional, en Lituania. Han venido, alargando el puente un día más, para verme y, de paso, conocer algo más este país. La sorpresa ha sido mía cuando ellos, lejos de alarmarse, no se han extrañado demasiado de las cosas que han visto. Yo, algunas veces, les he intentado sorprender explicándoles algunas costumbres, pero nada. Este verano han estado en Hungría y, allí, parece que han conocido cosas mucho más sorprendentes que aquí. No hay nada como viajar.
De casa, me han traído jamón serrano, dos barajas de cartas españolas, mi mp3 y algo de café español. Es todo lo que pedí. Seguramente, si me pusiera a pensar detenidamente, se me habrían ocurrido mil cosas más que me hacen falta, pero tampoco he querido hacerlo. En mi cuarto, y en la residencia, tengo casi todo lo imprescindible. Y, lo que falta, se suple con algo de solidaridad. Te falta leche, pues se la pides a otro. Te falta azúcar, pues se lo pides a otro. Te falta gel, pues se lo pides a otro. Te faltan patatas, pues se las pides a otro. Te falta un cepillo de dientes… pues eres un cerdo. Qué una cosa es ser Erasmus y otra, muy distinta, es que la gente se piense que los Erasmus no mantenemos las reglas higiénicas mínimas. Seguramente, si mis padres comentaran algo sobre el estado de la cocina de la residencia, no estarían de acuerdo con este último razonamiento. Es, como pasa con Lituania, cuestión de acostumbrarse.

Sunday, October 15, 2006

 

Mi barba tiene tres pelos

Me acabo de afeitar. He estado más de veinte minutos delante del espejo. Siempre me pasa lo mismo. La próxima vez, pienso siempre mientras me miro delante del espejo, no voy a dejar que crezca tanto porque, cuanto más largo, más tiempo estoy haciendo el ridículo con la cara llena de espuma. Pues nada, la siguiente vez, me vuelve a pasar lo mismo. Al final me afeito cuando comienzo a sentir algo de vergüenza. Con este diario, esta semana, me ha pasado algo similar. Todos los días pensaba que tenía que escribir para que no se me fueran acumulando las cosas. Pero nada, no he podido. La culpa, como me pasa con la barba, se la echo a la falta de tiempo. Y, la verdad, en este caso, sí es una buena excusa. La llegada del nuevo habitante al cuarto me ha hecho cambiar los horarios. Ahora, estoy menos tiempo en la habitación y, claro, más tiempo fuera de ella. Eso, tiene una parte positiva: me relaciono más con la gente. Y, efectivamente, tiene otra parte negativa: las asignaturas están algo más abandonadas. Al final de este mes, después de los exámenes parciales, podré comprobar qué significado tiene ese “algo más abandonadas”. Mañana tengo un examen de lituano y, el miércoles, otro de ética periodística. Se admiten ayudas. De cualquier forma, espero volver a caer por este diario bastante pronto…. y prometo afeitarme en una semana.

Sunday, October 08, 2006

 

Maldita memoria

Rasa es lituana y, algunas veces, practica español con nosotros. Se sabe algunas canciones y se ríe mucho mientras las canta… o las cantamos. Su canción preferida es La Vaca Lechera. Yo, he tenido que venir a Lituania para descubrir que esa canción tiene baile. Ayer por la noche estuve intentando traducírsela. El problema llegó cuando llegué a la palabra “merengada”. ¿Cómo explico lo que es la leche merengada en inglés? Al final salvé el papel explicando que la vaca era muy especial porque proporcionaba una leche muy dulce y más densa. Creo que se quedó satisfecha. Creo. Sabe más canciones y pide que se las cantemos. A mí, al principio, me da algo de apuro. Pero, mira, es empezar y ya no puedes parar. Tras la leche merengada fue La Bamba y, después, El Tallarín, La Familia Sapo y hasta el cumpleaños feliz. Ella me enseñó una sobre cerveza lituana que, no recuerdo. Yo, al contrario que los lituanos, tengo una memoria de pez. Me pasa con las canciones, con los nombres y hasta con las palabras nuevas que aprendo en inglés. El otro día aprendí como decir basura en inglés y, hoy, no me acordaba. He tenido que acercarme hasta el cubo de basura de la cocina para volver a preguntárselo a los Erasmus que estaban allí. Y, eso, me da una rabia infinita.

Saturday, October 07, 2006

 

Me llamo Alejandro

“Es sábado, siete de octubre, al año dos mil seis. Son las diez de la mañana”. Todos los días, el profesor de español comienza preguntando a sus alumnos, señoritos y señoritas, la fecha y la hora. Hoy, Borja y yo, hemos acudido para hablar con ellos. Están en segundo nivel y, sorprendentemente, hablan muy bien… y entienden mejor. Al principio estábamos un poco agobiados porque no habíamos preparado nada. No ha sido necesario. La clase ha comenzado con las oportunas presentaciones y, después, hemos estado hablando. Nos han contado las razones por las que han decidido estudiar castellano. Hablan despacio, es verdad, pero comenten pocos errores. Algunas veces usan un verbo correcto pero que, por el contexto, no queda muy bien. El profesor les corrige, y ellos acaban la frase. Nos han preguntado cuántas lenguas hay en España y dónde pueden ir de vacaciones. Un alumno se ha sorprendido cuando hemos dicho que, en algunas ocasiones, nosotros mismos tenemos problemas para entendernos con otros castellanoparlantes. “¿Pero,- preguntó ansioso- con el castellano que estamos estudiando podremos entendernos con todos?”. El profesor, más rápido que nosotros, contestó que, aunque usamos palabras distintas, si conseguimos comunicarnos bien. Al fin y al cabo, en el mundo hay más de cuatrocientos cincuenta millones de hispanohablantes y, por pura lógica, alguna diferencia tenemos que tener.

Friday, October 06, 2006

 

Colonia

Ayer por la mañana abandoné mi habitación y, a la vuelta, tras giras dos veces la llave dentro de la cerradura, me encontré con alguien en el cuarto. Es mi nuevo compañero de habitación. Se peina hacia adelante, tiene el pelo decolorado por zonas y, por lo que he olido hasta ahora, le encanta una colonia. Esta mañana se ha ido pronto porque tiene inglés a las nueve. A esa hora me he levantado yo. Todo el cuarto huele a colonia. Es increíble. Creo, sin exagerar, que hasta yo mismo huelo a esa colonia que, seguro, voy a recordar para toda mi vida. Compartir cuarto es, y más en residencia de estudiantes, algo habitual. Lo raro, lo realmente privilegiado, era vivir solo. El problema es que ahora tengo que resituar todas las cosas porque tengo la mitad de espacio que antes. Mi ropa está comprimida en un armario pequeño y, claro, ya no puedo dejar cosas en la mitad del cuarto porque, según la ley de Murphy, si dejas algo en el suelo, mañana aparecerán dos cosas y, en una semana, la habitación estará insufrible. Ya veremos como nos manejamos. Ahora, voy a abrir la ventana para que la ciudad entera huela la colonia. Estoy seguro que hay suficiente densidad como para impregnar a todos.

Wednesday, October 04, 2006

 

Rodando

¿Qué hacen una francesa y una coreana en una sala de cine cuándo están proyectando una película en lituano? Pues… jugar a los chinos. Hoy nos han invitado, los representantes de la universidad y los mentores de alumnos extranjeros, a ver una película. Supongo que, históricamente, la película tendría un gran interés. Es uno de los primeros largometrajes realizados en perfecto lituano y, mediante un musical, cuenta como un diablo trata de perturbar la vida de una pareja. Es, por decirlo de forma suave, una de esas películas que sólo se ven dos veces cuando te equivocas. Espero que el cine lituano haya mejorado, en los últimos veinte años, tanto como su sociedad. Y espero, por supuesto, ver alguna lituana que sea algo más comprensible por el resto de los humanos que no hemos nacido en este territorio.
Entre canción y canción del musical, y mientras el diablo se sumergía en el agua con una red para cazar a una mujer que se estaba bañando, he mirado hacia atrás. Arnold, un galo, estaba tomando una galleta de chocolate mientras hablada con David, el riojano. Las gemelas belgas, Marie y Charlotte, estaban inventándose un doblaje para el film. Las dos letonas no paraban de reírse mientras miraban como Eric torcía la cabeza para dormir un rato. Ella comentaba que la película era fantástica con Julia, que asentía irónicamente con la cabeza. La verdadera película, no estaba en la pantalla.

Tuesday, October 03, 2006

 

Vida paralela

Fransuaa, como llamamos los españoles a un estudiante francés, y yo volvemos a casa después de la clase de lituano. Pasamos por delante de un edificio que, pensamos, es un museo de arte contemporáneo. Nadie sabe muy bien lo que es pero, en el mundo Erasmus, hemos decidido que eso es un museo… y un museo será por los restos de los tiempos. Es, como sucede otras veces, una realidad paralela a la propia realidad. Como somos todos extranjeros, y no conocemos la ciudad, nos la inventamos. La iglesia más cercana es, para nosotros, la catedral porque la verdadera catedral es bastante menos monumental que la que hemos elegido nosotros. El supermercado es el centro de la ciudad y la única librería que conocemos es, desde el primer día, la tienda de libros más grande de la ciudad. Para nosotros, el centro de Kaunas es nuestro dormitorio y, la zona más importante, es toda aquélla que se encuentre a menos de media hora andando. Coger un trolebús o un minibús implica, aunque sólo sea mentalmente, alejarse demasiado de casa. Ésa es nuestra ciudad, nuestro Kaunas. No es que no conozcamos la ciudad, sólo la conocemos de una forma diferente.

Monday, October 02, 2006

 

“Ooh, no window!!”

Estaba esperando un ascensor que nunca llegó cuando, por las escaleras, veo llegar a Miyuki. “No window!!”, dice sorprendida. Se asoma por la barandilla y, con cara de asombro, me vuelve a decir que no hay ventanas. Es verdad, no hay ventanas… ni nada. Estamos de obras en la residencia y, ahora, toca cambiar las cristaleras que separan las escaleras de la calle. Han empezado a romper el muro de cristal en el último piso y, aunque el ritmo es comunista, espero que pongan el nuevo muro antes de que la nieve comience a caer. Miyuki, aparta un cable, y se despide.
Esteban, un vasco que estudia informática, comenta que las medidas de seguridad son, aquí, una anécdota. El casco no existe, las vallas de seguridad son innecesarias y los obreros trepan por los andamios sin ninguna cuerda que les asegure. Uno de ellos, con un pie a cada lado de la barandilla de la escalera, está arrancando un trozo de cristal que se resistía a abandonar el muro.
Después de conseguirlo, le pregunté, en inglés, qué es lo que estaban haciendo. Llevaba un palillo de dientes en la boca y un soplete en la mano derecha. Vestía un mono verde oscuro y estaba tan manchado que era imposible detectar donde terminaba una mancha y comenzaba la siguiente. Él, como era de esperar, me contestó, en perfecto lituano, algo que no pude entender. Cuando le expliqué, en mi lituano de indios, que no entiendo su idioma porque soy español, dejó el soplete y comenzó a hablarme de baloncesto. Mientras me contaba algo sobre Pau Gasol, yo miraba como el soplete se balanceaba dudando sobre qué lado del muro caer. Decidí no esperar a que se decidiera y me despedí. El soplete no cayó, por lo menos mientras yo bajaba las escaleras.

Sunday, October 01, 2006

 

Un plato llano

El primer día que llegué a la residencia me compré un cuenco blanco. Es muy parecido a uno que tengo en Madrid para desayunar. Blanco y de porcelana barata. La selección, realizada después de consumir media hora delante del muestrario de menaje del hogar de la tienda, fue acertada. Con él he sobrevivido las tres primeras semanas. Mi idea inicial era que, cuantos menos platos existieran en casa, más limpio estaría todo. Claro, si sólo tengo un plato, estoy obligado a lavarlo todos los días… si quiero comer. Pero, la lógica de la existencia de los distintos tipos de platos me apareció cuando, por primera vez, intenté comer un filete en mi cuenco. Es cierto que el cuenco es fantástico, pensé, pero no puede servir para todo. El plato llano, señores, es necesario. Además, si lo compro, podría pelar la fruta mejor. Decidido. Fui, esa misma tarde, a mi supermercado y compré dos platos llanos. Tienen flores rojas y negras. Son algo folclóricos y parece que se van a romper en cualquier momento. Ahora como el filete, como dios manda, en uno de ellos mientras el cuenco espera en el lavadero a que alguien lo limpie.

Saturday, September 30, 2006

 

Cosas del capitalismo

Es sábado por la mañana. Me acabo de levantar y he puesto la radio. Me he duchado, he preparado un café y, mientras se hacía, he estado colocando el cuarto. Ayer estuvimos en una fiesta organizada en la casa de un americano que, después de ser Erasmus el año pasado, decidió quedarse aquí. Confiesa que, con el dinero que tiene, puede vivir en este país como un rico. Dicho, y hecho. Su casa es impresionante. Está en el centro antiguo de la ciudad, cerca del Ayuntamiento. El edificio es viejo y las escaleras del portal, pintadas en colores brillantes, huelen mucho a humedad. Sin embargo, entrar en su casa es como caer en otro mundo. No es muy grande, pero tampoco le hace falta. Los techos son muy altos y, entre las vigas, se esconden las luces que permiten cambiar el ambiente. Paga dos mil litas al mes por el alquiler, que, en cristiano, son unos seiscientos euros. Eso es, aproximadamente, el sueldo que cobra un cajero del supermercado donde suelo ir a comprar lo que necesito para sobrevivir. Entre bromas, y cervezas, le he confesado que no me importaría tener esta casa en Madrid. Él, mientras dejaba el vaso y cogía directamente la botella, me dijo que me quedara aquí. Qué, para los que venimos de occidente, es un país perfecto. La gente, dice, es simpática y, además, si consigues tener un negocio que te funcione en tu país, puedes vivir aquí de las rentas. Y, la verdad, su razonamiento es lógico. Con el sueldo estadounidense es un lituano multimillonario. Con un día de trabajo gana más que un lituano trabajando durante una semana entera. Son, como dice mi profesora de lituano, cosas del capitalismo.

Wednesday, September 27, 2006

 

Pasaba por allí

El tomate natural debe hervir durante diez minutos, más o menos. Y, además, es mejor que sean tomates enteros. Se van deshaciendo poco a poco y queda una salsa de densidad no uniforme. A la vez, se pone la pasta a cocer. Debe quedar blanda, pero no en exceso. La comida era para seis; tres italianos, una letona, una japonesa y, claro, yo. Como Miyuki se ha apuntado en el último momento, ha aportado también su comida. Arroz, por supuesto, con una salsa picante que ella misma elabora.
La cocina de la residencia de estudiantes es el lugar donde se cuece, nunca mejor dicho, casi todo. Aunque está en una esquina del pasillo es, o hacemos que sea, un lugar de paso. Si te aburres, la solución está en buscar una excusa para pasarte por allí. Hoy, después de estar estudiando un rato, he decidido prepararme un café. Cojo mi taza, mi café, y subo a la planta octava. Entro en la cocina. Arnold, un francés, se está preparando la cena. Carne, creo, con pimientos. Tiene buena pinta. Comenzamos a hablar y, al rato, llega Cris, otro francés. La cafetera espera en la esquina a que me decida a prepararla. Llega una letona que se une a la conversación. Como estamos hablando de Japón, decidimos llamar a Miyuk, la representante oriental, para que nos explique algunas tradiciones. Al vernos tan interesados en su cultura ha decidido enseñarnos algo de japonés. Las clases serán lo viernes y, posiblemente, en la cocina.

Tuesday, September 26, 2006

 

Día europeo de los idiomas

Un hola en noruego, en francés, en italiano, en polaco, en español, en italiano, en alemán y, por supuesto, en perfecto lituano. Hoy es el día europeo de los idiomas y, en la universidad, se ha celebrado con una fiesta que comenzó a las nueve de la mañana. Los alumnos hemos presentado, durante todo el día, los distintos idiomas. Los lituanos han preparado una obra de teatro, los franceses nos han invitado a una degustación de vino, los polacos nos han puesto trabalenguas y, el castellano, ha sonado gracias a algunos refranes populares y a la música de Joan Manuel Serrat. Al final del acto, el profesor de español de la universidad se ha acercado hasta nosotros. Tiene un castellano de libro. Usa esas palabras correctas que, nosotros, no usamos nunca. Llama bocadillo a un simple canapé y, a mí, me ha dicho que soy un caballero. Es muy mayor, tiene unas gafas de pasta muy gordas y sonríe cuando le dices de donde vienes. A los madrileños nos repite que, desde Madrid, al cielo. A David, que es de La Rioja, le ha preguntado que si ha traído vino. Conoce España muy bien, sorprendentemente bien. Confiesa que le gusta mucho nuestro país y, cuando le preguntamos si ha estado en España, dice con orgullo las ciudades que conoce. Madrid, Toledo, Salamanca, Granada y Barcelona. Pero, dice, le quedan muchas ciudades por conocer. Ha sacado de un bolsillo la letra de la canción de Serrat para decirnos que le ha gustado mucho. Mañana la usará para enseñar nuevas palabras a sus alumnos. Nos ha pedido que preparemos algo especial para sus clases. Tal vez, otra canción.

Monday, September 25, 2006

 

Del cielo al suelo

Desde lo alto de la torre de la Iglesia se ve toda la ciudad. Como vivo en el centro, muchas veces pienso que la ciudad se concentra sólo en una calle. Pero no, Kaunas es grande, muy grande. Es una ciudad de casas bajas y dispersas perdidas entre árboles que, por su organización, nadie ha plantado. Allí, observando desde el cielo cómo los demás seguían con su vida cotidiana, hemos estado Borja, Esteban y yo más de una hora. Son las dos últimas incorporaciones al mundo Erasmus. El primero es valenciano y, el segundo, vasco. Las sorpresas que nos hemos llevado al llegar aquí, las razones por las que hemos decidido venir, qué buscamos en este país y, tal vez, de qué escapamos en el nuestro. La conversación se ha hecho corta, demasiado corta. Al acabar, y después de bajar las infinitas escaleras que separan a la torre de la realidad, nos hemos encontrado con las dos estudiantes lituanas. Al principio, como me pasa siempre que hablo español durante más de diez minutos, me ha costado hablar en inglés. Ellas están aprendiendo español y, cada día, me enseñan las palabras nuevas que su profesor les escribe en la pizarra. “Sobre la mesa hay un lápiz”, me ha dicho Sarmite. Entonces me he acordado de la primera frase que aprendí en mis clases de inglés; “My tailor is rich”. Qué útil. Qué práctica. Y, sobre todo, que injusto que mi sastre sea rico, y yo no.

Sunday, September 24, 2006

 

A la izquierda, el desierto

Lituania ve el mar sólo por el oeste del país. El mar Báltico jugó con el terreno y construyó una península muy estrecha que recorre toda la costa del país y que crea una laguna navegable. La mitad de la península, y de la laguna, es rusa (Kaliningrado). En la otra mitad, la lituana, hay un pueblo muy pequeño de pescadores, un bosque frondoso y una zona desértica que, según dicen las leyendas, alguien se olvidó aquí cuando construyó el Sahara. Desde lo alto de una de las dunas se ve todo un mundo de contrastes. A la derecha, el mar Báltico. A la izquierda, la laguna y el territorio lituano. De frente, el territorio que Rusia consiguió quedarse para tener acceso al mar Báltico. El pueblo ha vivido toda la vida de la pesca y, hoy, intenta seguir haciéndolo. Seguramente, ser un espacio protegido de la UNESCO, les ha salvado de la construcción masiva de edificios para el veraneo de unos cuantos. Sentados en una terraza, estuvimos probando una de las comidas típicas de la zona, el pescado ahumado… comido con las manos. Las tradiciones, es lo que tienen.

Friday, September 22, 2006

 

Made in Spain

Estaba buscando un libro de inglés en la librería central de Kaunas cuando, de repente, he escuchado la sintonía de las olimpiadas de Barcelona. He levantado la cabeza y, combinando la mirada y el oído, he intentado descifrar de donde venía el sonido. Era el teléfono de un lituano, que debe estar enamorado de Barcelona… o de Montserrat Caballé, que de todo hay en la vida. Cuando el señor, en perfecto lituano, ha contestado al teléfono, me he puesto a pensar en la imagen que tienen los lituanos de nosotros, los españoles. Al pasearme por la librería he descubierto que conocen a muchos autores hispanos. Isabel Allende, Gabriel García Márquez y una lista de más de veinte autores, clásicos y modernos, llenan una estantería dedicada a la literatura castellana. Al salir de la tienda, me he puesto a recapitular. Los lituanos escuchan música española, estudian castellano (hay más de cien alumnos que, este curso, han comenzado a estudiar nuestro idioma), conocen nuestras costumbres (empezando por los tópicos, claro) y, muchas veces, se esfuerzan por contarte algo en español. España es un país apreciado aquí… por muchas razones. La primera, que formamos parte de una Europa Occidental que les encanta. La segunda, que somos un país intermedio que no puede despertar ira ni rabia. Ser potencia media, es lo que tiene. Y, la tercera razón, me la ha dado una estudiante de español. “Yo -me dijo en un correcto castellano- estudio español porque es un idioma muy bonito y los hombres (supongo que aquí quedan incluidas también las mujeres) son muy simpáticos y amistosos”.

Thursday, September 21, 2006

 

Cara pálida

Un silencio eterno. Yo, al lado de la pizarra, y un silencio eterno llenaba el aula. No me ha salido ninguna palabra. Uno, que algo de carrera lleva, pensaba que no se iba a poner nervioso al hablar en público. Por eso, y por la falta de tiempo, no escribí nada. Pensaba que sería suficiente con tenerlo en la memoria y, poco a poco, ir contándolo. Error. Se me olvidó un pequeño detalle. El idioma. Hablar en inglés nunca ha sido mi fuerte. Hoy he descubierto que, hablarlo en público, es uno de mis puntos débiles. Como me he puesto nervioso, he comenzado a tartamudear y, claro, el tartamudeo no me dejaba hablar. Vamos, un circo. Entonces, al comprobar que el sujeto de la oración no concordaba con el verbo, he decidido girarme y comenzar a pintar en la pizarra. La he pintado toda de cosas absurdas. Cosas que, luego, no he usado para el desarrollo de la presentación. Cosas que, en realidad, eran sólo un escape de la mirada de la profesora. Cuando la tiza se terminó, me giré, dije lo que pude, y me senté Ahora, cuando todo ha pasado, no me importa. Pero, en el momento, sólo quería que la tierra se abriera y me tragara.

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